Feliz día del lector: A quiénes vemos letras en vez de números
- Ediciones Verbo Vivo- Patricia Adrianzén
- 25 ago
- 4 min de lectura
¡Qué rara que es tu hermana! Fue la conclusión a la que llegó una amiguita del barrio cuando llegó a casa a invitarnos a salir para pasear en bicicleta. En ese entonces tenía catorce años y a la vez un vasto recorrido en el mundo del libro. Desde niña me había convertido en una lectora voraz. Empezaba a leer un libro, lo terminaba y sin ninguna pausa empezaba otro. Esa tarde no recuerdo exactamente qué libro tenía entre manos, pero no estaba dispuesta a renunciar ni un instante a su lectura.
No tenía preferencia por ningún género, me deleitaba tanto la poesía como la prosa. Estaba habituada a viajar sin salir de casa, imaginar selvas, mares, paisajes exóticos. Un día estaba en la India con Salgari y al día siguiente viajaba a Inglaterra acompañada por Dickens. Mi pensamiento pasaba de la aventura a la crítica social. Me podía identificar tanto con héroes nobles y leales como con los niños vulnerables que vivían en la pobreza y enfrentaban situaciones injustas.
Con Julio Verne me adelanté al futuro. Viajé al centro de la tierra, recorrí el fondo de los mares y di la vuelta al mundo sin moverme de mi habitación. Pero no todo en mis lecturas era aventura. También hubo libros que me llevaron a una profunda instropección. Jamás olvidaré el temblor que experimenté, cuando me detuve en la espiritualidad de los místicos españoles, o cuando me dejé envolver por la poesía amorosa de Bécquer y descubrí que un libro además de contarme una historia, tenía el poder de estremecerme, interrogarme y hasta cambiar mi manera de mirar la vida.
Así fui creciendo entre libros. Y cuando llegó el momento de elegir una carrera universitaria, no pude resistir la tentación de dedicarme a aquello que desde niña ya formaba parte de mí. Estudié Literatura.
Descubrí entonces que la literatura era un universo mucho más vasto de lo que había imaginado: podía acercarme a ella como lectora, pero también como investigadora, escritora, crítica, docente y estudiosa de la palabra. Aquella decisión no fue simplemente elegir una profesión; fue reconocer que había encontrado un territorio en el que quería seguir viviendo. Y al que no podía renunciar.
Y seguí leyendo, quizá con más intensidad que antes. Me fui adentrando en las distintas épocas, movimientos y geografías de la literatura universal.
Arribé por ejemplo en la literatura colonial y descubrí a Juan del Valle y Caviedes cuya sátira mordaz desnudaba los vicios de la sociedad virreinal. Creí descubrir que en sus versos resonaban ecos de una tradición mucho más antigua, la de Plauto, el gran comediógrafo latino, que muchos siglos antes ya había recurrido al humor, la ironía y la caricatura para poner al descubierto las debilidades humanas. Jamás olvidaré el enojo del bibliotecario de la Biblioteca Nacional cuando al leer a Plauto no podía evitar una carcajada en la sala de lectura dónde se tenía prohibido hablar o hacer ruido.
Después me atraparon los cronistas y ese extraordinario encuentro entre dos mundos narrado por el Inca Garcilaso de la Vega, Guamán Poma de Ayala, Pedro Cieza de León y otros hombres que dejaron en sus páginas la memoria de una época.
Más tarde me sedujo el llamado Boom latinoamericano. Viajé por los mundos de García Márquez (realmente sucumbí a la genialidad de su realismo mágico), me sumergí en los universos de Vargas Llosa, Julio Cortázar, Carlos Fuentes y José Donoso; descubrí otras maneras de contar, de construir personajes y de mirar nuestra realidad latinoamericana. Y la poesía volvió a reclamarme: Borges, Neruda, Vallejo, Octavio Paz y tantos otros poetas universales me recordaron que la música de las palabras pueden contener un mundo entero.
También devoré con placer las novelas latinoamericanas escritas por mujeres; Isabel Allende, Gioconda Belli, Clarice Lispector entre otras. Conocí sus personajes, sus conflictos, sus silencios y sus rebeldías. Admiré además la poesía de voces femeninas tan auténticas como Carmen Luz Bejarano, Blanca Varela. María Emilia Cornejo, y muchas más. La literatura se convirtió así en una conversación interminable con mujeres y hombres de épocas, países y culturas diferentes.
Jamás olvidaré cuando crucé el Atlántico tomada de la mano de Rosa Montero, y de su libro La loca de la casa, me confirmó que la imaginación no es un adorno de la mente, sino una de sus fuerzas creadoras más poderosas, capaz de transformar la experiencia en literatura.
Cuando cumplí 23 años, tuve la oportunidad de ser maestra de Literatura, Disfruté impulsando a mis alumnos a leer, ayudándolos a descubrir que detrás de cada página había una puerta que podían abrir. Ver a un niño o a un joven encontrar en un libro una historia que lo emocionaba o un personaje con el que podía identificarse fue una de las formas más gratificantes de mi relación con la literatura.
Fue tan natural mi relación con los libros que casi sin darme cuenta, también formé hijos lectores. Desde muy pequeños caminaron conmigo por los ajetreados y fascinantes mundos de la literatura. Quizá, en mi entusiasmo, alguna vez les entregué demasiado pronto libros para los que todavía no estaban preparados; recuerdo, por ejemplo, haberlos acercado al universo de Franz Kafka cuando probablemente aún no tenían edad para descifrarlo o digerirlo. (A veces me lo recuerdan entre broma y broma ahora que son adultos). Pero los libros fueron creciendo con ellos, y ellos con los libros. Hoy, con gran satisfacción, tengo que reconocer que mis hijos me han superado en conocimiento literario. Y no puedo sentirme más orgullosa: después de tantos años de leer para ellos, ahora son ellos quienes pueden enseñarme a mí nuevos autores, nuevas obras y nuevas formas de mirar la literatura.
En este Día del Lector quiero enviar un abrazo muy cariñoso a mis colegas de la literatura, a quienes han hecho de la palabra su oficio, su pasión y su manera de comprender el mundo; y, de manera muy especial, a todos los lectores.
A quienes todavía conservan el asombro de abrir un libro y no saber adónde los llevará, a quienes encuentran refugio, compañía, conocimiento o consuelo entre sus páginas, y a quienes, como yo, alguna vez prefirieron quedarse leyendo cuando afuera los esperaba una bicicleta u otro tipo de aventura.
Feliz Día del Lector. Que nunca nos falten libros que nos recuerden que siempre hay otros mundos por conocer.
Nota. La foto del reloj de Letras la tomé cuando visité el Museo de la Lengua portuguesa en Sao Paulo. El editor Juan Carlos Martínez y su familia tuvieron la amabilidad de llevarme.



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